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jueves, 7 de marzo de 2013

Un día de estos



Un día de estos ya no te voy a extrañar, ni a querer ni a pensar. Ya no me harán falta ni tu risa ni tus palabras dulces. Un día de estos vas a ser un extraño. Y yo no escribiré de ti, ni cuidaré mis palabras. Dejaré de sonreír como idiota al recordarte y ya no necesitaré tu cuerpo. Un día de estos, pero hoy no es ese día. 

jueves, 5 de enero de 2012

M.

Yo quería escribir, sobre ti; sobre mí. Sobre el deseo prohibido… perverso que me provoca tu cuerpo albino cubierto de ensortijados vellos oscuros. Sus zonas rosadas que se encienden y llaman a mi lengua. La estoica presencia de tu sexo que se levantaría por arriba de mi nariz detrás del puño de tu venosa mano derecha.

Besos, lengüetazos, mordidas. Un final entre gritos y jadeos desde el chacra raíz. Después de todo; después de tanto. Para al fin desvanecerse con un resuello y descansar. Mirarnos culpables sabiendo que ya no hay nada que nos una.

jueves, 26 de mayo de 2011

En el armario [para un blog en abandono]

Vivíamos con la prisa de amarnos. En el sentido más burdo de la expresión: siempre a escondidas, entre rincones, en la oscuridad o a plena luz; pero apartados de los ojos de quienes censuraban el deseo ambiguo de dos adolescentes.

Buscábamos un lugar para meternos mano casi todos los días. Nos bastaban diez o quince minutos de besuqueos en la cocina, el armario o la parte trasera de un auto; aquellos no eran lugares propios para el amor, pero nosotros no estábamos enamorados. Aunque muchas veces pretendimos que sí.

Recuerdo la ansiedad dibujada en sus ojos verdes entrar, siempre con el deseo por delante, dentro del armario en casa de mis padres: frente al pasillo que unía dos recamaras y uno de los baños -si había un lugar para no ser descubiertos, en definitiva no era ese- y yo, siempre tras él, temeroso de olvidar en las tinieblas el color de su mirada; de su piel; o de su boca.

Ahora que lo pienso no se que tenía ese armario, pero lo convertimos en nuestro cómplice. No sólo estaba en un lugar de libre tránsito, en el que podíamos ser descubiertos fácilmente, también era pequeño, y apenas cabíamos los dos con un muy ligero espacio entre nuestros cuerpos. Lo más común era que para girar, uno de los dos deslizase sus dedos a través de una de las rendijas de aquella puerta tipo persiana, y ya luego, en aquella posición, un tanto más cómoda, someter al otro desde la retaguardia con un ritmo como de rumba.

En los buenos días de verano, con la temperatura superior a los 30 grados y el índice de la humedad más arriba que el día anterior, como suele suceder en esa ciudad de playa, hasta ya entrado el mes de noviembre, era común que ambos anduviésemos por la casa sin más que unas bermudas, y por lo tanto, dentro del armario, prácticamente desnudos.

Por alguna razón, en ese tiempo los besos eran más intensos y profundos. Nuestras lenguas enfurecidas recorrían presurosas hasta el último centímetro de piel descubierta: ahogándose sin la conciencia de la respiración, cegadas por la encomienda tacita de atrapar el sabor a hombre y la ilusión de la desnudez, que provocaba en nosotros, sabernos descamisados y con los pantaloncillos hasta las rodillas.

Qué amasijo de vapores se cocinaba en ese armario.


Él y su lechosa blancura californiana eran las primeras en ceder: tras unos minutos sus poros se abrían para condensar la pasión del instante. Volvian su cuerpo resbaladizo, pestilente y refrescante.

De aquellos encuentros, en que el calor era el protagonista, quedó más de un indicio. Mi madre refunfuñaba con cierta regularidad acerca de las manchas amarillas que aparecían en las sabanas que guardaba en el armario.

Mira nomás-me decía- la humedad mancha hasta las sabanas.


Yo asentía con la cabeza...

domingo, 17 de octubre de 2010

A veces, de golpe

Y si escribo algo
O me quedo en silencio
Aguantándome las ganas,
mientras danzan los lobos marinos.

Con los labios apretados
Y el rubor en las orejas.
Pero la barbilla pálida, por más que mi índice sube y baja.

No es un invento, las barbas pican, cuando los hombres besan

sábado, 11 de septiembre de 2010

Así, de golpe


Para David


Me gustan tus ojos llenos de agua, “de agua sulfurosa”, diría un poeta que no soy yo y no recuerdo bien quién es. Cuán vana puede ser una frase cuando no resulta en la evocación de una belleza particular. Cuán traicionera la memoria, que ha prometido guardar celosamente el escalofrió impetuoso de tener tu mirada sobre mi mirada; y tus labios sobre mis labios.

Me gustan tus ojos llenos de luz: guardianes de los caminos siniestros por los que flotas sereno. Puertas al infinito que se comprime en un abrazo caluroso desde tu centro y el mío, en la horizontalidad que se toca.

Me gustan tus ojos llenos de un fulgor gélido y reluciente que llena las sombras de la alcoba. Riachuelos polares que se enmarcan en la selva silvestre y salvaje de tu pelo.

miércoles, 31 de marzo de 2010

A veces sueño

A veces sueño con un camino desierto. Una calle de concreto duro y gris por la que camino a paso lento que adquiere ritmo vertiginoso. Tropiezo. Caída brutal en stop motion. El aire se corta con la casi horizontalidad de mi cuerpo. Cuando el golpe es inminente la secuencia termina… el sobresalto inicial se vuelve inútil y se remplaza por el vértigo tramposo que da el precipicio al final del colchón.


Otras veces sueño con Lucifer y lo profundo de los avernos en donde, según Dante, se les daba castigo a los pecadores. Sueño que rodeado de miles de demonios me sujeta violento en un forcejeo interminable que en la eternidad no tiene tiempo, me toma del talón e intenta clavar su trinche en la planta de mi pie izquierdo. Sí, este tampoco se consuma, pero al despertar me siento invadido de un terror cristiano incuestionable que me impide volver a conciliar el sueño si antes no digo una oración.


Últimamente solo sueño con tus muslos y mis muslos en una batalla sudorosa e implacable sazonada con besos suaves.
Tómame
Abrázame
Destrúyeme
Atrápame
Quiéreme
Desgárrame


Llévame de golpe al precipicio del colchón y déjame colgado ahí con la fuerza de mis manos y la voluntad de tu cuerpo. Cuando termines… el diablo puede venir por mí.

martes, 22 de diciembre de 2009

Incierto

Yo no sé si era amor, o si amarte era peor
A probar, por probar tu sabor
Liliana Felipe
Eres un hombre invisible
Indivisible -no por la física, por la ética-
[Versión refinada de la culpa cristiana, aprendida en la compañía de Jesús]
Aunque te sepa a excusa mala.

Eres un hombre inexistente
Inventado por el ocio
Aumentado por las ganas
Corregido por estilo.

Eres un hombre de pixeles
De código binario
De magia
De polvos
De arrullo
De contemplación
De sueño nocturno.

Yo aquí te espero
Ven cuando el destino nos alcance
Los planetas se alinee, o
Lo diga el calendario maya.

Pero apúrate; que si te tardas
El jabón pierde su aroma
El tinto se avinagra o
Mis deseos no son los mismos.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Vino tinto

El vino bajará por tu cuerpo y hará un abrevadero en tu ombligo, no como la alberca del microbito, porque no pretenderemos ser biólogos, ni científicos, mucho menos me meteré a nadar.
Beberé frenéticamente el sabor añejado en barrica con especias. No distinguiré si son clavos, o tomillo; tampoco si el contendor era de roble o encino. Pero guardaré en mi memoria el sabor de tu piel; su aroma a manzana y canela, ese que le daré con destrezas escogidas.
De mi boca saldrá una brisa suave y refrescante que reaccionará sobre tu cuerpo y aumentará su temperatura.
Degustaremos besos de sabor robusto y pronunciado al final; para los paladares poco educados, nuestras lenguas no revolcarán otra cosa, sino jugo de uvas amargo.

Hasta hartarnos de romance, o
Vomitar el vino tinto, o
Desvariar de tufos dulces.

Y volvamos a empezar…
El general y el soldado.
El doctor y su paciente
El capitán y el alférez
El amo y el esclavo

O cualquier cosa que se te ocurra, para meterme mano.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Frazadas

Hace frío. Cuando hace frío me da por pensar en ti. En tus piernas entrelazadas con la mías.

Que no tengo.

El frío me quema, me arde, me cala los huesos.

Así que me acurruco entre las cobijas. En las frazadas a cuadros. En las gruesas San Marcos: con sus horribles estampados y su peluche aterciopelado.

Pero me haces falta.

Y me dan ganas de tocarme, pero mis manos están heladas.

Mejor no.

Las guardo en mi entrepierna, ni muy arriba, ni muy abajo. Luego las froto.

Sigue haciendo frío.

Se me acaban las ideas… las que no tiene que ver contigo, conmigo y con..tigo y conmigo.

Con el calor de tu aliento, de tu cuerpo, de tu aroma.

Con las cobijas de tu cama, que nunca he visto, pero deben ser San Marcos, gruesas. Con estampados horribles y peluche aterciopelado.

Dicen que en invierno la costa es menos fría. No estoy seguro. La mujer del clima asegura que ha llovido.

Pero si llueve y hace frío ahí vas a estar tú. Con tus piernas, tu cuerpo, tu aroma y tus manos tibias.

Poco importa si tienes cobijas o no.

jueves, 6 de agosto de 2009

Auto sabotaje

"¿Y cómo le vamos a hacer? Debe haber otra manera de ser; aligerando el dolor que duele mucho, y facilitando el placer que duele más"
Liliana Felipe

Tengo miedo, tuve miedo, tendré miedo ¡Vaya que no es una declaración fácil! No es que haya sido siempre del tipo arrojado, todo lo contrario, temo a las alturas, las arañas, las ratas y otros bichos en general. Pero nunca como ahora había temido amar. A caer de espaldas, a perderme en brazos y romperme en pedazos -sólo-, para que me vuelvas a pegar.
Quiero vomitar y vaciar mi cuerpo, infestado de deseos varados, y miedos infantiles; que nunca tuve de niño. Quiero restregarme las amarras. Subir pa’ riba, bajar pa’bajo, meterme pa’ dentro y salirme pa’fuera.
Jalarte el cabello; morderte en el cuello, dibujar en tu abdomen y volver a empezar. Quiero besos con sabor etílico y frutal, que me recuerden excesos, y pa’ dejarme llevar.
Hacernos ¡PIedra! ¡Papel! ¡Tijera! Polvo, pero no de ese que encochina la casa, sino del que no le hace falta más que agüita pa’ ser suave y dar forma. Pa’ moldearme; pa’ moldearte; pa’ caber en ti; pa’ cambiar; pa’ no tener miedo.



Porque este es un texto hecho de la cintura pa' arriba que afecta de la cintura pa' bajo

sábado, 4 de julio de 2009

Encuentro nocturno

Para Eu, cuyas “chaquetas mentales”, son las visiones más etéreas.

“There’s no love, like the future love”
Madonna

Llegué a mi cama casi por costumbre: las luces estaban apagadas y por la ventana descubierta apenas se vislumbraba la luz de la casa vecina. Me tendí casi de inmediato. El ventilador daba vueltas y un viento más que refrescante me obligó a refugiarme bajo la sabana.

Apenas cerré los ojos la imagen de tu rostro apareció en mi mente: era la imagen más pura y bella que hace tiempo no tenía de ti, justo del instante en que nos conocimos. Tu cabello largo y rizado con esos ojos de ensueño y sonrisa celestial, capaz de detener mi mundo.

Ocurrió en ese momento entre la conciencia y el abandono, el más perfecto, pues es entonces que nos abandona la certeza entre lo que es y lo que queremos que sea. Mis manos podían jurar que te tocaban, mis labios que te besaban y mi piel no tenía duda que el sudor que la empapaba nada tenía que ver con el clima tropical.

Te recité todos los versos de amor que conozco. Me miré en tus ojos una y otra vez. Encontré cientos de mapas en los vellos de tu pecho, cada uno me llevó al mismo lugar. Lo redescubrí con devoción poniendo atención a los zurcos y veredas, que sutilmente me dirigían a la gloria.
Mientras pude guardé la satisfacción en mi pecho, pero cuanto mejor es la ilusión mayor es el engaño e ingenuamente creí cada mentira hilvanada por mí. Embriagado de fantasía abrí los ojos y todo terminó.

¡Carajo, que dura es la realidad

martes, 28 de abril de 2009

Equis equis xx

A últimas fechas la influenza es el tema obligado en las conversaciones: que si las profecías mayas, la hipocondría, las conspiraciones mediático gubernamentales etc. Cómo todo eso ya está muy sobado pues ya me salvé de escribir al respecto. Pero tampoco tengo nada de que escribir... quizá la mandarina tiene razón y yo no escribo literatura simplemente le doy un toque de drama a mi vida cotidiana. Ayer tuve una conversación de la que no entendí mucho: el tema fue el sexo y al respecto se me acusó de construir alrededor de un concepto de simples cuatro letras una apoteosis. No sé si es verdad, no sé si es mentira, pero como para muestra basta un botón pues juzgue usted mi estimado lector:

*La siguiente historia es ficcional el contenido puede considerarse ofensivo el autor recomienda discreción

La luz de la alcoba era tenue... todo dentro era casi imperceptible los débiles rayos de luna apenas atravesaban las pesadas cortinas. Sin embargo, él estaba ahí, ansioso, tan ansioso cómo hacia tiempo no lo estaba. No le atemorizaba su cuerpo desnudo frente al de un desconocido, tampoco su falta de práctica o la poca experiencia. Lo que realmente deseaba era satisfacer sus deseos y los de su amante.

Sus manos temblaban levemente y había un poco de sudor frío en ellas -pensó que esconderlas dentro de de sus pantalones sería suficiente- pero se equivocó. Cuando se vio descubierto tomó un respiro y sonrió: eso fue suficiente para disipar sus dudas y rodear su cuerpo con sus brazos: absorbió su aroma y su masculinidad mientras se construía la complicidad de sus cuerpos.

Recorrió su cuerpo mientras sus manos lo descubrían suavemente. Exploró cada palmo y prestó atención a cada detalle… grabó en su memoria cada sonido signo de placer mientras sus cuerpos se preparaban para entregarse por entero a la pasión.

Poco a poco dejaba atrás el nerviosismo inicial, el revoloteo en su estomago ya no era el mismo, ahora era mucho más gentil: un burbujeo animoso alimentado por su respiración agitada y constante que estremecían cada parte de su cuerpo. Fue entonces que su amante lo tomó por la espalda y lo llenó de besos suaves por el cuello mientras sus dedos jugaban sobre su pecho deteniéndose a momentos en sus pezones.

El resto ya se pone muy gráfico… y como que no termina de ir ¿habrá cosa semejante a un ensalzamiento fastuoso y teatral?
* Para tí, para tu recuerdo, para el hombre que imaginé y que quizá no eres pero que sigue presente en mi memoria.


martes, 17 de marzo de 2009

Excusas para las excusas

"Si Pero no te extraño, no es poesía, yo no se que jodidos lo sea"
Christian Mendoza
Este es el segundo ejercicio de mi clase de Escritura Creativa, el objetivo: escribir un poema o las razones para no poder o querer escribirlo.
Entre tanto buscar razones para no escribir un poema, encontré el deseo de escribirlo. Pero casi al mismo tiempo, el deseo se volvió frustración. Es oficial ¡No puedo escribir un poema! No puedo, no quiero ¿Quién sabe? Lo único que se con exactitud es que en este momento la tarea me resulta avasallantemente demoledora.

Verán ustedes escribir un poema, me pone en la enorme disyuntiva, no sólo de pelear encarnizadamente con la métrica, sino de de buscar un tema al cual referirme y al parecer cada una de mis posibilidades ya ha sido explotada magistralmente por otros. Cómo bien dice Eunice: “Podría escribir los versos más tristes está noche, pero ya se me adelantó el señor Neruda”.

El problema es que podría escribir sobre tantas cosas, pero cada una de ellas parece haber sido descrita ya de maneras tan sublimes, voluptuosas y vibrantes que cualquier cosa que yo intente no será si no sólo un esbozo mal calculado y deficiente. Si este no es el caso, entonces, encuentro una razón lógica para descartar el tema: se bien, que podría escribir sobre amor o desamor, pero cualquiera que sea mi decisión me remitiría a su recuerdo. Si es cierto entonces que como escritor tengo una responsabilidad con mis lectores ¡Qué caray, ya deben estar hartos! Otro momento de inspiración dedicado a su imagen, por mucho sobrevalorada, y estoy seguro, harán una colecta para el terapista.

En otro momento considere la posibilidad de plasmar en mi texto una oda a la exquisitez de mi concupiscencia: versos para cada uno de mis deseos ahogados, ignorados o puestos en pausa. Pero en ese instante, un dejo de vergüenza se asomó en mi rostro; supe que tarde o temprano, a pesar de mis múltiples esfuerzos, ese texto mutaría libremente hasta convertirse en un relato pseudo erótico sádico y sodomita. Porqué no puedo creer sobre la Inesita (aquella que tiende ancho y duerme solita) que es posible, como alguien asegura, quiera dormir sola, aunque un regimiento se postre a su pies. Pero yo ya no se si de a dos, o distinto a vos, tampoco estoy seguro si con el regimiento me agarraría la tos. Si son los años, los desengaños, o los lobos marinos y para no ponerme a averiguar, mejor no escribo nada.


miércoles, 19 de noviembre de 2008

Ella y Él

Ella lo miraba, lo miraba tal cómo se mira a quien era un extraño y ahora no lo es, cómo a quién se conoce dentro, fuera, y a lo largo de la piel. Cuando él no pudo seguir resistiendo, giró su cabeza y le regaló una sonrisa. Una sonrisa suave y franca. Es increíble lo que puede significar un gesto: ella supo al instante que era correspondida y con un sutil contoneo de cadera se acercó.

Se miraron fijamente, cómo si fuese la primera vez, ella cerró los ojos y le acarició el rostro. No era necesario mirar pues ya lo conocía: cada recoveco, cada curvatura, cada imperfección que encontraba bella. La suavidad de sus manos, que se alimentaban del calor de su rostro, desembocaron en un sin fin de sensaciones eléctricas que aumentaron la temperatura de sus cuerpos, mientras ese momento quedaba para siempre en sus memorias.

Él la tomo sutil pero firmemente de la cadera, mientras sus manos recorrían sigilosamente su cuerpo. No había posesión ni juego de roles, no había nada que demostrar, eran dos amantes sumidos en el placer de sus caricias, que redescubrían los secretos que ya habían compartido. Una firme exhalación acercó sus rostros y sus labios se encontraron en un beso de sabor extraño. Ella recordó al instante la primera vez, en la oscuridad de la noche, justo cuando él degustaba un helado. Su corazón latía de la misma forma: tan loco y desbocado que temió se le saliera del pecho. pero esta vez no había sabor a napolitano, ese mismo que le dio la excusa perfecta para apartarse un poco, tomar aire, y tratar de recobrar la calma mientras decía: “Sabe a helado ¿rico no?” él sólo asintió rápidamente y volvió acercarla a su pecho.

En ese instante volvió a sentirse nerviosa, pero también feliz. Porqué desde aquel día no había vuelto a besarla de esa manera, porqué probó su sabor, y él el suyo, y ya no había nada que hacer, salvo hundirse en un suspiro.


A la mandarina, que ha encontrado la belleza más alla del coito