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jueves, 5 de enero de 2012

M.

Yo quería escribir, sobre ti; sobre mí. Sobre el deseo prohibido… perverso que me provoca tu cuerpo albino cubierto de ensortijados vellos oscuros. Sus zonas rosadas que se encienden y llaman a mi lengua. La estoica presencia de tu sexo que se levantaría por arriba de mi nariz detrás del puño de tu venosa mano derecha.

Besos, lengüetazos, mordidas. Un final entre gritos y jadeos desde el chacra raíz. Después de todo; después de tanto. Para al fin desvanecerse con un resuello y descansar. Mirarnos culpables sabiendo que ya no hay nada que nos una.

jueves, 26 de mayo de 2011

En el armario [para un blog en abandono]

Vivíamos con la prisa de amarnos. En el sentido más burdo de la expresión: siempre a escondidas, entre rincones, en la oscuridad o a plena luz; pero apartados de los ojos de quienes censuraban el deseo ambiguo de dos adolescentes.

Buscábamos un lugar para meternos mano casi todos los días. Nos bastaban diez o quince minutos de besuqueos en la cocina, el armario o la parte trasera de un auto; aquellos no eran lugares propios para el amor, pero nosotros no estábamos enamorados. Aunque muchas veces pretendimos que sí.

Recuerdo la ansiedad dibujada en sus ojos verdes entrar, siempre con el deseo por delante, dentro del armario en casa de mis padres: frente al pasillo que unía dos recamaras y uno de los baños -si había un lugar para no ser descubiertos, en definitiva no era ese- y yo, siempre tras él, temeroso de olvidar en las tinieblas el color de su mirada; de su piel; o de su boca.

Ahora que lo pienso no se que tenía ese armario, pero lo convertimos en nuestro cómplice. No sólo estaba en un lugar de libre tránsito, en el que podíamos ser descubiertos fácilmente, también era pequeño, y apenas cabíamos los dos con un muy ligero espacio entre nuestros cuerpos. Lo más común era que para girar, uno de los dos deslizase sus dedos a través de una de las rendijas de aquella puerta tipo persiana, y ya luego, en aquella posición, un tanto más cómoda, someter al otro desde la retaguardia con un ritmo como de rumba.

En los buenos días de verano, con la temperatura superior a los 30 grados y el índice de la humedad más arriba que el día anterior, como suele suceder en esa ciudad de playa, hasta ya entrado el mes de noviembre, era común que ambos anduviésemos por la casa sin más que unas bermudas, y por lo tanto, dentro del armario, prácticamente desnudos.

Por alguna razón, en ese tiempo los besos eran más intensos y profundos. Nuestras lenguas enfurecidas recorrían presurosas hasta el último centímetro de piel descubierta: ahogándose sin la conciencia de la respiración, cegadas por la encomienda tacita de atrapar el sabor a hombre y la ilusión de la desnudez, que provocaba en nosotros, sabernos descamisados y con los pantaloncillos hasta las rodillas.

Qué amasijo de vapores se cocinaba en ese armario.


Él y su lechosa blancura californiana eran las primeras en ceder: tras unos minutos sus poros se abrían para condensar la pasión del instante. Volvian su cuerpo resbaladizo, pestilente y refrescante.

De aquellos encuentros, en que el calor era el protagonista, quedó más de un indicio. Mi madre refunfuñaba con cierta regularidad acerca de las manchas amarillas que aparecían en las sabanas que guardaba en el armario.

Mira nomás-me decía- la humedad mancha hasta las sabanas.


Yo asentía con la cabeza...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Alud


El problema con los fracasos es que nunca vienen solos. No es necesario sino fracasar una vez -otra- para que los fracasos anteriores se desgajen sobre nosotros. Parece casi un asunto de protección civil: de cada uno de nuestros fracasos van quedando escombros, y ruinas sobre las que volvemos a construir y no hace falta más que un ligero temblor para que todos esos restos caigan sobre nosotros, como avalancha. Una masa amorfa, gigante, con trozos de todo lo que alguna vez fuimos o quisimos ser.

La masa nos persigue; nos arrastra; nos traga y nos entierra. Y nos quedamos ahí… bajo toda esa podredumbre. Porque está oscuro, tibio y silencioso. Lleno de fantasmas que nos acompañan y hablan sólo cuando se les permite. Porque no están ahí para hablar sino para asegurarse de que no escuchemos otra voz más que la nuestra tomar una decisión: la de empezar a cavar hacia la superficie.

viernes, 13 de agosto de 2010

Incredible nonsense to the man who thought of himself as a fruit

Espero que leas esto, porque lo que voy a escribir es una declaración que negaré si me preguntas. Tengo un deseo, una pulsión, casi irrefrenable, de estar contigo. Algo casual para empezar. Podrías llamar y preguntarme cómo estoy y decirme una que otra tontería. Prometo que si lo haces yo te invitaré a cenar, so pretexto de tener “un montón de cosas que contarte” aunque no diga nada durante el tiempo que estemos juntos.

Sabes que me gustan los silencios. Yo sé que a ti no, sé que te desesperan. Tú crees que no me di cuenta, pero la primera vez que salimos y bebí ese horroroso té chai, miraste al tipo de enfrente y casi le pedias a gritos que te salvará de mi nula conversación.
No quiero sonar pretencioso pero en ese momento luchaba con el dilema moral al que me enfrentaste, tú sabes cómo acabo. Con todo y que me saliste con que “La luna era como tú, tímida y se escondía detrás de las nubes”… y no se cuanta pseudo poesía barata dizque profunda e intelectual. Fue una buena estrategia, tu sabes que me gusta escribir, yo se que te gusta cuando te escribo cosas, sobre todo de las subidas de tono. Me dijiste que las otras eran cursis, y que tu no eras “tanto así” ¡Pinche!
Por eso juré que no te iba a escribir nunca más. Y heme aquí. Pero qué caray, hace tanto, tanto que mi vida no es dramática que me tengo que inventar razones.
A veces me dan ganas de ser yo el que te hable, pero luego se me quitan. Se me quitan por tu culpa ¿por qué siempre que la vida nos pone juntos estas enamorado o con el corazón roto? No es que siempre me disguste, al contrario, me anima cuando me dejas ver detrás del hombre egomaniático que eres la mayor parte del tiempo. Creo que ese es el problema más grave entre tú y yo, y por eso estamos condenados. Somos tan grandilocuentemente caprichosos que guardamos silencio, y pretendemos que todo va bien. Por eso no te digo que me haces falta y no aprieto enviar si te escribo un saludo o un reclamo sutil.
Por eso negaré todo y no escribiré tu nombre. Espero que el título sea suficiente para que sepas que eres tú

domingo, 11 de julio de 2010

Entre bostezos

Odio cuando el café se enfría y ya no sabe
Cuando los minutos escurren
Y las ideas se secan.

Los parpados pesan
La ropa estorba
Y el café en la estufa burbujea
Sonido que resuena en la soledad

En el silencio del motor
Y el canto del grillo

Siento, escribo y borro
Siento, escribo y borro
Siento, escribo y borro

Porque la presencias demoníacas me dan miedo
Y no quiero pensar
Porque se me cae la casa
Porque no bebo café
Y se enfria… y ya no sabe
Y lo odio.

lunes, 31 de mayo de 2010

Y todo igual

“Para no quedarse sólo uno se llena de fantasmas”
Antonio Porccia





Es cierto que las filas son más pequeñas, pero el sabor del café más aguado. Polvos blancos para darle cuerpo, terrible experimento: de color terroso, agrietado, simple, como de agua con cal. Amargo resultado de economías artificiosas.
¡Yiuk!

No me gustan las cosas simples. Lo simple estafa, no tiene onda. Lo simple es tan simple que no hay forma de describirlo como me gustaría: se resquebraja, se taponea, se diluye, se oscurece.
El poeta Tejada Gómez, dice: “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”. Solo lo no simple permanece entonces. Y qué es lo no simple me pregunté: lo no simple no es por fuerza lo confuso, lo abigarrado. Lo no simple es aquello, que a pesar de su claridad, se mantiene con nosotros. Lo no simple es lo “in”

Lo inconcluso;
Lo incurable;
Lo insano;
Lo intolerable;
lo inacabable;

Porque si concluye; si se cura, si es que sana; se tolera, si se acaba. Entonces ya no tendré fantasmas y me quedaré sólo. Por eso pincho tu nombre y no reniego de mis impulsos, por eso te escribo, aun cuando me juré no hacerlo, y nos invento momentos a cada rato. Porque nuestra historia es lo último que me recuerda como se sentía sentir.